JOSEPH ROTH: «Pero en lugar de saludar Lopatyny como una patria reencontrada, el Conde Morstin empezó a entregarse a meditaciones misteriosas y desusadas acerca del problema de su patria. Ahora, pensaba para sí, que este pueblo pertenece a Polonia y no a Austria ¿es todavía mi patria? ¿Qué es realmente patria? ¿No es determinado uniforme de policías y aduaneros que nos hemos topado en nuestra infancia, tan «patria» como el pino y el abeto, el pantano y el prado, las nubes y el arroyo? ¿No estaba en mi lugar de origen, en este lugar —seguía preguntándose el Conde— porque pertenecía a un Señor, al que también le pertenecían innumerables lugares de otro tipo que yo amaba? ¡Sin duda! Los caprichos forzados de la historia han destruido también mi alegría privada, a la que llamaba patria. Ahora, en todas partes se habla de la nueva patria. A sus ojos soy lo que se llama un apátrida. Siempre lo he sido. ¡Ay! Hubo una vez una patria auténtica, a saber, la única patria posible para los «apátridas». Era la antigua monarquía. Ahora soy un hombre sin lugar de origen, que ha perdido el verdadero terruño del eterno vagabundo»